La advertencia de la industria tech que inquieta a gobiernos: la posible “muerte” de las apps y el nuevo poder de la inteligencia artificial
La evolución tecnológica suele correr más rápido que la regulación, pero esta vez el mensaje llega con una claridad incómoda para la política. Carl Pei, CEO de Nothing y figura influyente del ecosistema móvil global, planteó un escenario que podría reconfigurar no solo el negocio digital, sino también el rol del Estado: las aplicaciones tal como se conocen hoy podrían desaparecer en menos de una década.
El planteo no es menor. En países como Argentina —y particularmente en la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires— gran parte de la relación entre el Estado y los ciudadanos se canaliza a través de apps: turnos médicos, trámites, transporte, seguridad y hasta participación ciudadana. Si ese modelo queda obsoleto, la discusión deja de ser tecnológica y pasa a ser política.
Pei sostiene que el futuro estará dominado por la llamada inteligencia artificial agéntica, sistemas capaces de ejecutar tareas de forma autónoma sin necesidad de interacción directa mediante interfaces tradicionales. En ese esquema, el usuario ya no abriría aplicaciones: simplemente daría instrucciones, y un agente inteligente gestionaría todo en segundo plano.
El cambio implica un giro profundo en términos de control, acceso y soberanía digital. Hoy, las apps funcionan como espacios delimitados donde empresas —y también gobiernos— establecen reglas, recopilan datos y definen la experiencia del usuario. Con agentes de IA operando transversalmente, esa intermediación podría diluirse, concentrando aún más poder en quienes desarrollen esos sistemas.
Para la gestión pública, el desafío es doble. Por un lado, la necesidad de adaptar sus servicios a una lógica donde la interfaz ya no es una app, sino una capa invisible de automatización. Por otro, el riesgo de depender de plataformas privadas globales para tareas críticas, desde la gestión de datos hasta la interacción con la ciudadanía.
En la Argentina, donde el debate sobre regulación tecnológica suele ir por detrás de la innovación, este escenario abre interrogantes urgentes. ¿Quién controlará esos agentes de IA? ¿Cómo se garantizará la protección de datos? ¿Qué pasará con los desarrollos locales si el nuevo ecosistema queda dominado por gigantes internacionales?
Pei reconoce que el cambio no será inmediato —estima entre siete y diez años—, pero su advertencia ya funciona como señal de alerta. Mientras la política discute el presente de la economía digital, la industria empieza a delinear un futuro donde las reglas actuales podrían quedar completamente fuera de juego.
En ese contexto, la discusión no es si las apps van a desaparecer, sino si los gobiernos están preparados para no quedar fuera del sistema cuando eso ocurra.







