El fin de las apps: la revolución de la IA que anticipa un nuevo escenario de poder tecnológico
La discusión sobre el futuro de la tecnología móvil dejó de ser una cuestión puramente técnica para convertirse en un tema con implicancias políticas, económicas y regulatorias. Esta semana, el CEO de Nothing, Carl Pei, lanzó una advertencia que sacudió al sector: las aplicaciones móviles, tal como se conocen hoy, podrían desaparecer en los próximos años, reemplazadas por sistemas basados en inteligencia artificial agéntica.
El planteo no es menor. Detrás de esta transformación se juega el control de uno de los mercados más influyentes del mundo digital: el ecosistema de apps, dominado por gigantes como Google y Apple, que hoy actúan como intermediarios casi excluyentes entre desarrolladores y usuarios. Si ese modelo colapsa o se redefine, también lo hará la lógica de poder que lo sostiene.
Pei sostiene que el futuro no estará en múltiples aplicaciones compitiendo por la atención del usuario, sino en agentes de inteligencia artificial capaces de ejecutar tareas de forma autónoma. En lugar de abrir Uber, enviar mensajes o gestionar servicios manualmente, el usuario delegaría esas acciones en una IA integrada al sistema operativo. En otras palabras, el teléfono funcionaría con una única “superinterfaz”.
Este cambio implicaría una disrupción profunda no solo para las empresas tecnológicas, sino también para los marcos regulatorios vigentes. En países como Argentina, donde el debate sobre la soberanía digital y la regulación de plataformas empieza a ganar terreno, la eventual desaparición de las apps abre nuevos interrogantes: ¿cómo se controlarán estos sistemas? ¿Quién auditará las decisiones automatizadas? ¿Qué pasará con los datos personales?
El propio Pei reconoce que la transición no será inmediata. Estima un plazo de entre siete y diez años, en parte porque los usuarios aún mantienen una fuerte preferencia por las aplicaciones tradicionales. Sin embargo, el avance de la IA agéntica ya plantea tensiones en el presente, especialmente en áreas como la privacidad, la competencia y el empleo en la industria del software.
En paralelo, las grandes tecnológicas ya comenzaron a mover sus fichas. Cambios en las políticas de tiendas digitales, el avance de sistemas automatizados y la integración de inteligencia artificial en servicios cotidianos muestran que la transformación está en marcha. La pregunta no es si ocurrirá, sino bajo qué reglas.
Para la política, el desafío es claro: anticiparse a un escenario donde el control ya no pasará por las apps, sino por los sistemas que las reemplacen. En ese nuevo tablero, la regulación, la transparencia y la protección de los usuarios serán claves para evitar una concentración aún mayor del poder digital.








