En un contexto marcado por el cierre de fábricas, caída de la inversión extranjera y estancamiento del empleo, el ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a defender el rumbo económico del gobierno de Javier Milei con una afirmación que generó ruido político: aseguró que existe “euforia por invertir en la economía real”. La declaración no solo contrastó con indicadores recientes, sino que además buscó instalar una diferenciación tajante con la gestión de Mauricio Macri, de la que el propio funcionario formó parte.
Caputo planteó que el actual modelo económico es “opuesto” al del macrismo, al que cuestionó por haber sostenido el déficit fiscal durante los primeros años de gobierno. Según su argumento, la administración Milei resolvió ese problema de raíz en tiempo récord, lo que —desde su perspectiva— sienta las bases para un crecimiento sostenido. Sin embargo, la discusión de fondo se traslada a la efectividad real de ese ajuste y sus consecuencias en el entramado productivo.
El contraste entre el discurso oficial y los datos disponibles abre un interrogante central en la gestión: ¿dónde está la “euforia”? Mientras sectores como energía, minería o agro muestran cierto dinamismo, las actividades con mayor impacto en el empleo —industria, comercio y construcción— atraviesan una fase recesiva que se profundiza desde mediados de 2025. En el conurbano bonaerense, por ejemplo, el freno de la obra pública y la caída del consumo golpean directamente a pymes y trabajadores.
Los números tampoco acompañan el optimismo. La inversión extranjera directa registró una salida neta de capitales cercana a los 4.700 millones de dólares en el último trimestre de 2025, según datos del Banco Central. A esto se suma un nivel de utilización de la capacidad instalada industrial por debajo del 60%, lo que refleja un aparato productivo lejos de operar a pleno.
Incluso dentro del propio esquema financiero, Caputo reconoció que no hay “euforia”, en un escenario donde el riesgo país se mantiene elevado y el acceso al financiamiento internacional sigue limitado. La decisión de no avanzar con la liberación total del cepo para empresas —particularmente en relación a stocks acumulados— expone una tensión latente: el temor a una salida masiva de capitales.
El Gobierno apuesta a instrumentos como el RIGI para atraer inversiones de gran escala, pero por ahora los resultados parecen concentrarse en sectores específicos y no logran derramar sobre el resto de la economía. En términos políticos, el discurso oficial busca sostener la narrativa del “cambio estructural”, aunque la evidencia empírica muestra un escenario más fragmentado.
La clave, entonces, no pasa solo por cerrar el déficit, sino por cómo se reconstruye el tejido productivo en un contexto de ajuste. Y ahí es donde la “euforia” mencionada por Caputo empieza a chocar con una realidad económica que, al menos por ahora, sigue lejos de ese entusiasmo.










