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Tarifazo de Milei: luz, gas, agua y transporte subieron hasta 2.000% en tres años

La política de quita de subsidios impulsada por el gobierno de **Javier Milei** empieza a mostrar su impacto más concreto en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA): una fuerte recomposición de tarifas que, en apenas tres años, modificó la estructura del gasto familiar y tensionó el consumo interno. Los datos disponibles marcan una tendencia clara: los servicios públicos crecieron muy por encima de los salarios, generando una pérdida sostenida del poder adquisitivo.

Entre 2023 y 2026, los precios regulados escalaron por encima de la inflación general, consolidando lo que economistas describen como un “efecto de compresión del ingreso”. En términos prácticos, esto implica que los hogares destinan una porción cada vez mayor de sus ingresos a cubrir gastos fijos como luz, gas, agua y transporte, reduciendo el margen para otros consumos.

El trasfondo es político. La decisión oficial de reducir subsidios —uno de los pilares del programa económico libertario— buscó corregir precios relativos atrasados, pero lo hizo con una velocidad que impactó de lleno en la economía cotidiana. Mientras la inflación acumulada rondó el 875% en el período analizado, los servicios regulados superaron el 1.100%, ampliando la brecha con los ingresos. En paralelo, los salarios formales crecieron por debajo de esa dinámica, consolidando una pérdida real.

La radiografía del ajuste se vuelve más evidente al observar los servicios esenciales. El agua encabezó las subas con más de 2.200%, seguido por el subte y el gas, ambos cerca del 2.000%. La electricidad, aunque con menor incremento relativo, también superó ampliamente la evolución salarial. En el AMBA, esto se traduce en facturas que pasaron de valores simbólicos a montos que condicionan el presupuesto mensual.

El transporte público es otro de los puntos críticos. El boleto mínimo de colectivo multiplicó su valor más de treinta veces en tres años, alterando el peso del traslado diario en los ingresos. Lo que antes representaba un gasto marginal, hoy compite directamente con otros consumos básicos. Esta transformación no solo afecta la movilidad urbana, sino que también tiene implicancias laborales, al encarecer el acceso al trabajo.

En este contexto, el impacto en el comercio es directo. Con mayor proporción del ingreso destinada a servicios, el consumo de bienes se retrae. Supermercados y comercios minoristas reflejan caídas en ventas reales, configurando un escenario recesivo que golpea especialmente a las pymes. La dinámica es clara: menos dinero disponible implica menor actividad económica.

Así, la discusión sobre tarifas deja de ser técnica para convertirse en un eje central del debate político. El Gobierno defiende el ajuste como necesario para ordenar la macroeconomía, mientras que sus críticos advierten sobre el costo social y la velocidad de implementación. En el AMBA, donde se concentra buena parte de la población y del consumo, el resultado ya se siente en la vida diaria: salarios que rinden menos y una economía familiar cada vez más ajustada.