Inflación: el Gobierno apuesta a una baja desde abril, pero el ritmo pone en juego su capital político
Tras el dato de inflación de marzo, que marcó un 3,4% y encendió alertas en la Casa Rosada, el gobierno de Javier Milei busca recuperar la iniciativa con una promesa clave: el inicio de un proceso de desinflación a partir de abril. Sin embargo, más que la tendencia, lo que está en discusión es la velocidad de esa baja y su impacto político en un año donde el humor social sigue atado al bolsillo.
El propio Milei reconoció que el número fue “malo” y pidió paciencia. No es un detalle menor: el primer trimestre acumuló un 9,4%, muy por encima de lo que esperaban tanto el mercado como las paritarias. En términos concretos, esto se tradujo en una nueva pérdida del poder adquisitivo, un terreno especialmente sensible en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde el costo de vida presiona con más fuerza.
Desde el equipo económico que lidera Luis Caputo sostienen que marzo fue un “pico” influido por factores puntuales que no se repetirán. Entre ellos, el fuerte aumento de combustibles —impulsado por tensiones internacionales—, el salto en educación por el inicio del ciclo lectivo y el incremento en alimentos, especialmente carnes. La lectura oficial es que, sin esos shocks, abril debería mostrar una desaceleración más clara.
Pero detrás del optimismo hay una apuesta política de alto riesgo. El Gobierno necesita que la baja de la inflación no solo sea real, sino perceptible en el día a día. En otras palabras, que la “sensación térmica” de los precios acompañe los indicadores. De lo contrario, el relato de estabilización puede perder fuerza rápidamente.
Un factor central en esta estrategia es el dólar. La estabilidad cambiaria funciona como ancla para los precios, al abaratar importaciones y reducir costos en la cadena productiva. Sin embargo, este esquema también depende de mantener condiciones macroeconómicas frágiles bajo control, algo que no está garantizado en un contexto internacional volátil.
En paralelo, el Fondo Monetario Internacional ajustó sus proyecciones: elevó la inflación estimada para 2026 al 30% y recortó el crecimiento esperado. Aunque el Gobierno destaca la posibilidad de encadenar dos años de expansión, el organismo pone un límite al entusiasmo oficial.
En este escenario, la administración Milei enfrenta un desafío doble. Por un lado, consolidar la desaceleración inflacionaria. Por otro, lograr que esa mejora impacte en los salarios y el consumo. La promesa de “los mejores 18 meses de la historia”, lanzada por Caputo, se juega en ese delicado equilibrio.
La política, como siempre en Argentina, se medirá en góndolas y tarifas. Y abril será el primer test de una narrativa que, por ahora, necesita más que expectativas para sostenerse.









