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El PRO toma distancia de Milei en plena crisis por Adorni y apunta a la “soberbia” del oficialismo

En un contexto atravesado por sospechas de corrupción que salpican al jefe de Gabinete, **Manuel Adorni**, y con el malestar económico todavía presente en amplios sectores sociales, el PRO decidió marcar límites a su alianza con el gobierno de **Javier Milei**. El movimiento no es menor: expone tensiones dentro del frente que sostuvo al oficialismo desde 2023 y abre interrogantes sobre la gobernabilidad de cara al mediano plazo.

A través de un documento difundido públicamente, el partido liderado por **Mauricio Macri** ensayó una crítica doble. Por un lado, ratificó su apoyo al “cambio” que representó la llegada de Milei al poder. Pero, por otro, cuestionó con dureza las formas y los resultados de la gestión libertaria. La palabra elegida para sintetizar ese malestar no fue casual: “soberbia”.

El texto reconoce un dato sensible para la Casa Rosada: la macroeconomía puede mostrar señales de ordenamiento, pero eso no se traduce en mejoras concretas para la vida cotidiana. En clave política, el PRO pone en agenda un problema central para cualquier oficialismo: la brecha entre indicadores técnicos y percepción social. “Empezar no es llegar”, advierten, en un mensaje que apunta directamente al relato de éxito que intenta instalar el mileísmo.

Pero el cuestionamiento no se queda en los números. También apunta a la gestión política. El PRO señala que cuando el sacrificio social no es acompañado por ejemplos desde el poder o por una escucha activa, el desgaste se profundiza. Allí aparece una crítica implícita al estilo confrontativo del Gobierno, que en las últimas semanas se vio amplificado por el caso Adorni.

En ese marco, el partido amarillo introduce una diferenciación estratégica: plantea que el “cambio” tiene dos amenazas. La tradicional —el populismo— y una nueva, más incómoda para el oficialismo: los errores internos, asociados a la arrogancia y la desconexión con la realidad social. La referencia, aunque no explícita, vuelve a posar la lupa sobre la conducción política de Milei y su entorno más cercano.

Desde la Ciudad de Buenos Aires, donde el PRO conserva su principal bastión de poder, el mensaje también puede leerse en clave local. La fuerza busca preservar su identidad de gestión frente a un electorado que empieza a mostrar signos de fatiga económica. En ese sentido, el énfasis en obras, servicios y resultados concretos —“más rutas, hospitales y educación”— funciona como una reivindicación del modelo PRO frente a la lógica disruptiva libertaria.

El trasfondo es claro: el PRO no quiere quedar pegado a un eventual desgaste del Gobierno nacional sin resignar su lugar dentro del esquema de poder. La advertencia es sutil pero firme: acompañar no implica avalar todo. Y, sobre todo, no implica pagar costos políticos por errores ajenos.

Así, en medio del escándalo y la crisis económica, la coalición que llevó a Milei al poder empieza a mostrar fisuras. La pregunta que queda abierta es si se trata de un reacomodamiento táctico o del inicio de una ruptura más profunda dentro del espacio que prometía terminar con la “casta”, pero ahora enfrenta sus propias tensiones internas.