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El ajuste de Milei cambia hábitos: la caída del consumo golpea a la gastronomía y expone el costo social del modelo

Salir a comer dejó de ser un hábito extendido y se transformó en un indicador sensible del deterioro económico. Un relevamiento reciente revela que más del 80% de los hogares argentinos redujo o directamente abandonó las salidas a restaurantes, en un contexto atravesado por la pérdida del poder adquisitivo y el incremento sostenido de los gastos fijos. El dato no solo describe un cambio cultural: expone con crudeza el impacto de las decisiones económicas del gobierno de **Javier Milei** sobre la vida cotidiana.

La contracción del consumo fuera del hogar aparece como una de las consecuencias más visibles del ajuste. Según los datos relevados por consultoras privadas como Ecolatina y ShoppApp, casi la mitad de las familias ya no sale a comer ni siquiera una vez al mes, mientras que apenas un 1% mantiene una frecuencia alta. La gastronomía, históricamente vinculada al esparcimiento y al dinamismo urbano —especialmente en distritos como la Ciudad de Buenos Aires—, se convierte así en uno de los sectores más golpeados por la reconfiguración del ingreso.

Detrás de este fenómeno hay una variable clave: el achicamiento del ingreso disponible. Es decir, el dinero que queda luego de cubrir gastos inelásticos como tarifas y transporte. En los últimos dos años, ese componente perdió terreno frente a aumentos sostenidos en servicios públicos, impulsados por la reducción de subsidios. El resultado es un efecto directo sobre el consumo: menos margen para actividades recreativas y más presión sobre los hogares para llegar a fin de mes.

El deterioro no es marginal. Cerca de siete de cada diez familias aseguran que no les alcanza el ingreso o que llegan con lo justo. Esta tendencia, además, se profundizó en los últimos meses, lo que sugiere que la estabilización macroeconómica que promueve el oficialismo no se traduce —al menos por ahora— en una mejora concreta del bolsillo.

El impacto también tiene una dimensión productiva. El sector gastronómico, clave en la generación de empleo urbano, enfrenta un escenario de estancamiento con baja demanda y perspectivas limitadas de recuperación. En la Ciudad de Buenos Aires, donde la actividad tiene un peso económico y cultural significativo, la caída del consumo empieza a sentirse en la rentabilidad de bares y restaurantes, con efectos potenciales en el empleo.

A esto se suma otro dato estructural que tensiona el panorama: Argentina se consolidó como un país caro en términos comparativos internacionales. Estudios recientes muestran que, en numerosos rubros, los precios locales superan a los de otras economías, incluso de la región. Esta distorsión agrava el problema del acceso al consumo y refuerza la percepción de un ajuste regresivo, donde el peso de la política económica recae con mayor fuerza sobre los sectores medios y bajos.

En ese marco, el retroceso de algo tan cotidiano como salir a comer funciona como termómetro social. No se trata solo de una decisión individual, sino de una señal colectiva sobre los límites del modelo económico en curso. Mientras el Gobierno apuesta a consolidar el orden macro, los datos del consumo reflejan una pregunta abierta: cuánto margen social existe para sostener ese rumbo.