El dato es contundente y expone una transformación silenciosa pero profunda del mercado laboral argentino: más de 1,6 millones de personas necesitan hoy más de un empleo para sostener sus ingresos. Lejos de ser un fenómeno marginal, el pluriempleo se consolidó como un rasgo estructural que interpela directamente a la gestión económica del gobierno de **Javier Milei** y reabre el debate sobre la calidad del empleo en el país.
Según un informe de la Fundación Encuentro, elaborado sobre datos oficiales del INDEC, el 12,2% de las personas ocupadas tenía más de un trabajo hacia fines de 2025. La cifra no solo marca un crecimiento sostenido respecto de años anteriores —cuando en 2016 alcanzaba el 8,8%— sino que confirma un cambio de época: tener múltiples empleos dejó de ser una excepción para convertirse en una estrategia extendida de supervivencia.
El fenómeno se aceleró tras la pandemia y encontró en el actual esquema económico un terreno fértil para consolidarse. Aunque no es exclusivo de la gestión libertaria, distintos especialistas advierten que el deterioro del poder adquisitivo y la precarización laboral profundizaron esta dinámica. En términos concretos, cada vez más trabajadores no logran cubrir sus necesidades con un solo ingreso.
Uno de los puntos más sensibles del informe es el impacto desigual por género. Las mujeres representan el 56,6% de quienes tienen más de un empleo y registran una tasa significativamente más alta que los varones. Esta brecha no solo responde a menores ingresos promedio, sino también a la persistencia de tareas de cuidado no remuneradas, que obligan a combinar trabajos fragmentados y mal pagos. El resultado: jornadas extendidas y mayor sobrecarga.
Pero el pluriempleo no es sinónimo de mejora económica. Quienes tienen más de un trabajo apenas perciben, en promedio, un 13% más de ingresos que quienes tienen uno solo. Es decir, el incremento no responde a mejores condiciones laborales, sino a una mayor cantidad de horas trabajadas. La ecuación es clara: más esfuerzo para sostener el mismo nivel de vida.
Además, el fenómeno está atravesado por la informalidad. Más de un tercio de los pluriempleados no realiza aportes jubilatorios, lo que evidencia una combinación de trabajos formales e informales que debilita la protección social a largo plazo. Sectores como el trabajo en casas particulares, el comercio o incluso áreas profesionales como salud y educación aparecen entre los más afectados.
El dato también revela una presión creciente sobre los hogares. El 63% de quienes tienen múltiples empleos son jefes o jefas de familia, lo que refuerza la idea de que no se trata de ingresos complementarios, sino del núcleo del sustento familiar. En este contexto, el pluriempleo deja de ser una elección para convertirse en una imposición del contexto económico.
La pregunta que queda abierta es política: ¿puede una economía sostenerse sobre la base de trabajadores que necesitan multiplicar sus empleos para no perder poder adquisitivo? La expansión del pluriempleo, lejos de ser un indicador de dinamismo, empieza a leerse como un síntoma de fragilidad estructural que tensiona el relato oficial sobre la recuperación económica.










