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Inflación: leve alivio tras el pico, pero el Gobierno sigue sin perforar el 2,5%

La inflación de abril habría marcado una desaceleración después de diez meses consecutivos de subas, pero el dato trae más advertencias que alivio para la gestión económica de **Javier Milei**. Según estimaciones privadas, el índice de precios se ubicaría entre el 2,4% y el 2,8%, consolidando una baja respecto al 3,4% de marzo, aunque sin lograr romper el piso del 2,5% que el mercado ya empieza a considerar estructural.

El dato no es menor en términos políticos: si bien el oficialismo puede mostrar una desaceleración, la persistencia de niveles elevados de inflación tensiona el relato de estabilización y deja en evidencia los límites del actual programa económico. En particular, porque el retroceso responde más a factores coyunturales que a un cambio de tendencia consolidado.

Marzo había sido un mes atípico. A los incrementos estacionales en educación e indumentaria se sumó el impacto internacional de la guerra en Medio Oriente, que disparó el precio de los combustibles. En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), además, el aumento del 7,6% en colectivos agregó presión sobre el rubro transporte, un componente clave en la estructura de costos.

Ese shock externo comenzó a disiparse en abril, en parte por el congelamiento temporal de los combustibles aplicado por las petroleras, lo que moderó el traslado a precios. Sin embargo, el efecto arrastre sigue presente y golpea especialmente a sectores sensibles.

Los datos desagregados muestran que la desaceleración es heterogénea. Indumentaria volvió a liderar los aumentos con subas cercanas al 4%, mientras que transporte se mantuvo alto, en torno al 3,7%, impulsado tanto por el combustible como por ajustes en tarifas en CABA y la provincia de Buenos Aires. A esto se suma el impacto de la quita de subsidios en servicios públicos, que sigue presionando el rubro vivienda.

En contraste, los alimentos —clave para medir el impacto social— mostraron un incremento menor al promedio general, ubicándose cerca del 2%. Este dato ofrece cierto alivio, aunque insuficiente para revertir el deterioro acumulado del poder adquisitivo.

El problema de fondo es que, incluso con desaceleración, la inflación mensual se mantiene en niveles incompatibles con una recuperación sostenida del ingreso. Para la Casa Rosada, esto implica un desafío doble: sostener la narrativa de orden macroeconómico mientras enfrenta el desgaste social que provoca una inflación todavía alta.

Las proyecciones del Banco Central ya anticipaban este escenario, con un REM que ubicaba abril en torno al 2,6%. Pero el mercado también comenzó a recalibrar expectativas tras el dato de marzo, elevando el “piso” inflacionario para los próximos meses.

En este contexto, la pregunta ya no es si la inflación baja, sino a qué velocidad y con qué costos políticos. Porque si el índice se estanca por encima del 2,5%, el Gobierno deberá explicar por qué la prometida desinflación no logra consolidarse en la vida cotidiana de los argentinos, especialmente en el AMBA, donde tarifas y transporte siguen marcando el pulso del bolsillo.