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Tensión en el oficialismo: Francos presiona a Adorni por su declaración jurada y crece el costo político

La demora en la presentación de la declaración jurada del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, dejó de ser un problema administrativo para convertirse en un foco de desgaste político dentro del propio oficialismo. En las últimas horas, voces clave del entorno libertario salieron a exigir definiciones rápidas, en un intento por contener el impacto de una polémica que amenaza con erosionar el discurso de transparencia del Gobierno.

El exjefe de Gabinete, Guillermo Francos, fue contundente: consideró que el tema “debió haberse resuelto antes” y advirtió que la falta de claridad “empeora” la relación entre la gestión de Javier Milei y la ciudadanía. La crítica no es menor: proviene de un dirigente que formó parte del núcleo de decisiones del propio gobierno y que, ahora, expone públicamente una debilidad en la estrategia oficial.

El trasfondo es claro. La discusión ya no gira únicamente en torno al contenido de la declaración jurada, sino al costo político de la demora. En un contexto donde el oficialismo busca consolidar su narrativa de ruptura con “la vieja política”, la sospecha de opacidad impacta directamente en su principal activo discursivo.

A esta presión se sumó la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, quien planteó sin rodeos que la presentación debería ser inmediata. Su advertencia fue explícita: sin rapidez ni contundencia, “el proyecto sufre”. La frase revela una preocupación estratégica más amplia dentro de La Libertad Avanza, donde algunos sectores empiezan a ver que la defensa cerrada de funcionarios cuestionados puede transformarse en un problema de gobernabilidad.

Desde la Casa Rosada, la respuesta fue de contención. El presidente Javier Milei ratificó su respaldo a Adorni y descartó cualquier salida del funcionario. Al mismo tiempo, intentó bajar el tono del conflicto al señalar que la declaración será presentada dentro de los plazos previstos. Sin embargo, esa defensa convive con una creciente incomodidad interna y con la necesidad de cerrar un frente que monopoliza la agenda pública.

El episodio también deja al descubierto una tensión recurrente en la gestión: la dificultad para ordenar políticamente situaciones que, aunque inicialmente técnicas, adquieren volumen mediático y terminan condicionando la agenda del Gobierno.

Mientras tanto, el oficialismo enfrenta un dilema clásico: sostener a un funcionario de confianza o priorizar el costo reputacional ante la opinión pública. En ese equilibrio se juega no solo el futuro de Adorni, sino también la credibilidad de una administración que hizo de la transparencia uno de sus pilares discursivos.