El intento de **Martín Menem** por retomar la iniciativa en la Cámara de Diputados dejó más dudas que certezas dentro del propio esquema de alianzas del Gobierno. En medio de los escándalos que rodean a la gestión de **Javier Milei**, el presidente de la Cámara baja convocó a legisladores dialoguistas para tantear el clima parlamentario y avanzar hacia una nueva sesión. El resultado fue el contrario al esperado: mayor irritación y una señal de alerta sobre la gobernabilidad legislativa.
La reunión, realizada en el Salón de Honor, tuvo como objetivo ordenar el tablero político y garantizar el quórum para una próxima sesión, tentativamente el 20 de mayo. Sin embargo, la estrategia oficial chocó con el malestar de aliados que cuestionan tanto el contenido de la agenda como la forma de conducción del oficialismo. La crítica más repetida apunta a una desconexión entre el temario propuesto y la crisis política que atraviesa el Ejecutivo.
Según reconstrucciones de los presentes, el bloque de **La Libertad Avanza**, encabezado por **Gabriel Bornoroni**, impulsó una hoja de ruta con proyectos considerados “light”: tratados internacionales, modificaciones técnicas y el régimen de zonas frías. Para los aliados, se trata de una agenda que evita deliberadamente los temas sensibles que hoy tensionan al Gobierno.
“El mensaje es claro: garantizar quórum a cambio de mirar para otro lado”, deslizan en privado desde sectores opositores dialoguistas. La incomodidad crece porque, además, iniciativas impulsadas por esos mismos bloques —como ficha limpia— quedaron relegadas o directamente fuera de discusión. La decisión de trasladar ese debate al Senado, bajo la órbita de **Patricia Bullrich**, fue leída como una señal de cierre político.
El trasfondo es más profundo: el oficialismo busca sostener el control del Congreso en un contexto donde su principal activo —la cohesión narrativa— empieza a mostrar fisuras. La defensa cerrada de figuras cuestionadas, como el vocero presidencial **Manuel Adorni**, también impacta en la relación con aliados que comienzan a evaluar costos políticos.
En paralelo, la oposición enfrenta su propio dilema estratégico. Aunque roza el número necesario para el quórum, aún no logra consolidar una sesión para avanzar con la interpelación de Adorni. El debate interno oscila entre acelerar la confrontación institucional o dejar que el desgaste judicial y mediático haga su trabajo.
Mientras tanto, crece la presión por instalar una agenda alternativa más vinculada a las demandas sociales, como proyectos de alivio financiero para sectores endeudados. Esa discusión expone otra debilidad del oficialismo: la dificultad para marcar el ritmo legislativo sin ceder terreno.
Lo ocurrido en Diputados deja una conclusión incómoda para la Casa Rosada: la gobernabilidad parlamentaria no se garantiza solo con convocatorias formales. Requiere acuerdos políticos consistentes y una lectura más fina del contexto. Hoy, esa ecuación está lejos de cerrarse.










